La timidez
parece un rasgo congénito de
la comunidad indie,
tanto de los artistas como del público. En ocasiones, como anoche con
la visita de Kings of Convenience al Teatro Cervantes, es posible
observar la comunión que existe entre ellos; en consecuencia, las
máscaras se caen, la timidez se disipa, y estas citas se convierten en
un exhibicionismo de clase (entiéndase como status, por favor).
El algo escaso público que anoche se acercó a escuchar al dúo noruego
disfrutó enormemente de sus tímidas canciones. Pero algunos, viejos y
arrugados cascarrabias como yo, no acabamos de entender tal regocijo.
Erlend Øye y Eirik Glambek
Boe no pasan de ser unos limpios émulos de Simon & Garfukel
(pasados por el lifting
de Belle & Sebastian), que en comparación se engrandecen en la
memoria. Si la pareja americana podía ser melosa, al menos a cambio
ofrecía canciones, casi himnos. Los noruegos sólo dan muestras de buen
gusto. Son algo así como un mueble de Ikea que rememora uno de la
Bauhaus: bonito, accesible y digno; pero también ligero, vulgar y, en
última instancia, falso.
El de ayer era su único
concierto en
España, y una ocasión perfecta para saber quiénes son realmente. Sin
disco que promocionar y sin el agobio de una gira, su parada malagueña
los mostró relajados. Y fue un problema porque su relajación fue en
realidad simple autocomplacencia.
Los Simon & Garfukel de
este principio de siglo son unos buenos chicos, algo de lo que dieron
sobradas muestras anoche. A falta de mucho que ofrecer, tan sólo tienen
dos discos (ambos notables y ambos demasiado similares), se mostraron
parlanchines (que si Ronda, que si el frío en el escenario, que si
esto, que si lo otro...) y comunicativos. Supieron conectar con el
público (que si bajaron del escenario, que si subieron a una chica, que
si esto, que si lo otro...). Pero, ¿y las canciones? Pues, ¿no son
todas iguales? Ya, no. Pero se parecen, ¿no? Venga, que sí. "¿Esta no
la han tocado al principio?". Ese pensamiento pasó por mi cabeza; más
de una vez. Eso sí, todas son igual de sensibles.
El repertorio de Kings of
Convenience gana en vida y personalidad cuando tiene gotas de bossa-nova,
y no estaría mal que rompieran la uniformidad de sus estructuras. Ni
con la suma del teclado, ni con el violín, aquello subió muchos enteros
en la cotización de la variación.
A día de hoy, su mejor álbum
sigue siendo Versus,
aquel disco en el que las canciones de su debut fueron ligeramente
transformadas por Four Tet, Ladytron, Riton y compañía. Algo tiene que
significar. Øye y Glambek necesitan tomar riesgos. Ayer, el único
riesgo lo tomó el público, que bien pudo haber no reconocido diferencia
alguna en las canciones de estos chicos majos y aseados que sueltan sus
majas y aseadas tonadas de campamento cristiano con buena voluntad,
mediano talento y escasa originalidad.
Un concierto de Kings of
Convenience es agradable, como un ligero masajeo en la espalda, pero
poco más. La vuelta a casa con Marvin Gaye o Sam Cooke en el ipod
genera más sensaciones, y además las canciones se distinguen.